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Sr. Ch. Elisabetta di Maria
Lectio divina sobre el libro del Éxodo_El pan del cielo

 

Pan del cielo

Ex 16,1-35

 

1 Luego partieron de Elim, y el día quince del segundo mes después de su salida de Egipto, toda la comunidad de los israelitas llegó al desierto de Sin, que está entre Elim y el Sinaí.

2 En el desierto, los israelitas comenzaron a protestar contra Moisés y Aarón. 3 «Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, les decían, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea».

4 Entonces el Señor dijo a Moisés: «Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo, y el pueblo saldrá cada día a recoger su ración diaria. Así los pondré a prueba, para ver si caminan o no de acuerdo con mi ley. 5 El sexto día de la semana, cuando preparen lo que hayan juntado, tendrán el doble de lo que recojan cada día».

6 Moisés y Aarón dijeron a todos los israelitas: «Esta tarde ustedes sabrán que ha sido el Señor el que los hizo salir de Egipto, 7 y por la mañana verán la gloria del Señor, ya que el Señor los oyó protestar contra él. Porque ¿qué somos nosotros para que nos hagan estos reproches?». 8 Y Moisés añadió: «Esta tarde el Señor les dará carne para comer, y por la mañana hará que tengan pan hasta saciarse, ya que escuchó las protestas que ustedes dirigieron contra él. Porque ¿qué somos nosotros? En realidad, ustedes no han protestado contra nosotros, sino contra el Señor».

9 Moisés dijo a Aarón: «Da esta orden a toda la comunidad de los israelitas: Preséntense ante el Señor, porque él ha escuchado sus protestas». 10 Mientras Aarón les estaba hablando, ellos volvieron su mirada hacia el desierto, y la gloria del Señor se apareció en la nube. 11 Y el Señor dijo a Moisés: 12 «Yo escuché las protestas de los israelitas. Por eso, háblales en estos términos: «A la hora del crepúsculo ustedes comerán carne, y por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que yo, el Señor, soy su Dios».

13 Efectivamente, aquella misma tarde se levantó una bandada de codornices que cubrieron el campamento; y a la mañana siguiente había una capa de rocío alrededor de él. 14 Cuando esta se disipó, apareció sobre la superficie del desierto una cosa tenue y granulada, fina como la escarcha sobre la tierra. 15 Al verla, los israelitas se preguntaron unos a otros: ¿Qué es esto?». Porque no sabían lo que era. Entonces Moisés les explicó: «Este es el pan que el Señor les ha dado como alimento. 16 El señor les manda que cada uno recoja lo que necesita para comer, según la cantidad de miembros que tenga cada familia, a razón de unos cuatro litros por persona; y que cada uno junte para todos los que viven en su carpa».

17 Así lo hicieron los israelitas, y mientras unos juntaron mucho, otros juntaron poco. 18 Pero cuando lo midieron, ni los que habían recogido poco tenían menos. Cada uno tenía lo necesario para su sustento. 19 Además, Moisés les advirtió: «Que nadie reserve nada para el día siguiente». 20 Algunos no le hicieron caso y reservaron una parte; pero esta se llenó de gusanos y produjo un olor nauseabundo. Moisés se irritó contra ellos, 21 y a partir de entonces, lo recogían todas las mañanas, cada uno de acuerdo con sus necesidades; y cuando el sol empezaba a calentar, se derretía. 22 Como la ración de alimento que recogieron el sexto día de la semana resultó ser el doble de la habitual –dos medidas de cuatro litros por persona– todos los jefes de la comunidad fueron a informar a Moisés.

23 Él les dijo: «El Señor dice lo siguiente: Mañana es sábado, día de descanso consagrado al Señor. Cocinen al horno o hagan hervir la cantidad que ustedes quieran, y el resto guárdenlo para mañana». 24 Ellos lo guardaron para el día siguiente, como Moisés les había ordenado; pero esta vez no dio mal olor ni se llenó de gusanos. 25 Entonces Moisés les dijo: «Hoy tendrán esto para comer, porque este es un día de descanso en honor del Señor, y en el campo no encontrarán nada.

26 Ustedes lo recogerán durante seis días, pero el séptimo día, el sábado, no habrá nada».

27 A pesar de esta advertencia, algunos salieron a recogerlo el séptimo día, pero no lo encontraron. 28 El Señor dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo se resistirán a observar mis mandamientos y mis leyes? 29 El Señor les ha impuesto el sábado, y por eso el sexto día les duplica la ración. Que el séptimo día todos permanezcan en su sitio y nadie se mueva del lugar donde está». 30 Y el séptimo día, el pueblo descansó.

31 La casa de Israel llamó «maná» a ese alimento. Era blanco como la semilla de cilantro y tenía un gusto semejante al de las tortas amasadas con miel.

32 Después Moisés dijo: «El Señor ordena lo siguiente: Llenen de maná un recipiente de unos cuatro litros, y consérvenlo para que sus descendientes vean el alimento que les di de comer cuando los hice salir de Egipto». 33 Y Moisés dijo a Aarón: «Toma un recipiente, coloca en él unos cuatro litros de maná y deposítalo delante del Señor, a fin de conservarlo para las generaciones futuras». 34 Aarón puso en el recipiente la cantidad de maná que el Señor había ordenado a Moisés, y lo depositó delante del Arca del Testimonio, a fin de que se conservara.

35 Los israelitas comieron el maná durante cuarenta años, hasta que llegaron a una región habitada. Así se alimentaron hasta su llegada a los límites de Canaán.

Ex 16,1-35

Murmuraciones

El camino del desierto está marcado en su inicio, desde los primeros pasos, por el cansancio, la debilidad, la falta de convicción y de confianza, de todas estas cosas que se presentan en el horizonte a penas se presenta la primera dificultad.

La comunidad de los israelitas murmuró contra Moisés y contra Aarón, reconociéndolos como culpables de la salida en el desierto con la intención de matar de hambre a toda la multitud.

Atribuyen a razones humanas, a fuertes habilidades de personalidad e inteligencia humana, a planes de muerte, lo que el Señor ha hecho por ellos. Ya no es la voluntad de Dios, sino la voluntad de Moisés y de Aarón; ya no es la intención de Dios para conducir a su pueblo a la herencia de la montaña, sino la intención de Aarón y de Moisés que guían a su pueblo hacia la muerte. Es una visión que provoca la reacción, la defensa de Moisés: Porque ¿qué somos nosotros? En realidad, ustedes no han protestado contra nosotros, sino contra el Señor. (Ex 16,8)

E incluso más adelante en el capítulo 17: "¿Por qué discutir conmigo? ¿Por qué tentáis al Señor? ". Ex 17,2

Es un pueblo que sigue en la desconfianza. Tras la orden de tomar el maná, un gomer por cabeza, y no dejar sobras para la mañana siguiente, algunos no obedecen a Moisés y conserva un poco para la mañana siguiente.

Y, más aún, después del anuncio de que el séptimo día, el sábado, no habría maná, algunas de las personas salen igualmente para recogerlo en sábado, por supuesto, sin encontrar.

Se presenta a cada paso del camino la falta de confianza en el Señor y en las mediaciones que él elige.

Continuamente emerge una tendencia a ir por su cuenta, a basarse en la propia experiencia, en los propios razonamientos, en las propias certezas.

Emerge constantemente la incapacidad para leer la propia historia, - Egipto es la olla de carne, Egipto es el pan que sacia y no la tierra de la esclavitud -, para leer la propia situación del pasado y del presente. Emerge una falta de confianza que pueda dar certeza en un futuro que no se conoce, en una promesa que ya se ha rodeado de grandes señales y prodigios para ser creíble.

Todos los días se recoge el maná, y todos los días se tiene que enseñar confianza, dar esperanza, recuperar las fuerzas y ​​motivaciones, todos los días parece que se tiene que salir de Egipto, todos los días parece que se tenga que escuchar a la nueva palabra que nos hace libres. Moisés y Aarón tienen que ver con un pueblo que todos los días tiene que volver a empezar a ser libre y esto por cuarenta años en el desierto, y esto por todos los días hasta llegar a la tierra prometida.

La figura del mediador, en este sentido, se nos ofrece revestido de paciencia, de aceptación de la debilidad, de fuerza para volver a comenzar día con día junto con aquellos que le han sido confiados, sin desánimo, sin perder de vista el origen de la fuente de su historia, de la historia de su pueblo, confiando en primer lugar en una palabra que no es la suya, y que los quiere libres.

El mediador, quien conduce al pueblo de Dios, a Dios, por Dios, tiene que ser sobre todo capaz de soportar la frustración de una fe que se desvía constantemente, de existencias que sospechan de la existencia de la libertad, de maduraciones que parecen nunca llegar a su cumplimiento, de fraternidad cuya constancia está constantemente amenazada por el individualismo, por la falta de confianza, por la desobediencia, por la búsqueda de soluciones fáciles, por el anhelo de lo que se conoce y por lo tanto que es seguro.

El mediador no es mejor que los demás, o por encima de ellos, o inmune de lo que levanta a su pueblo, sino que es el único que sabe quién es Dios, es el único que sabe dónde buscar en los días de debilidad, que sabe de dónde viene la luz en los días de oscuridad y dirige toda su vida hacia esa dirección, y esta vida orientada es guía para su pueblo.

La relación de Moisés con su pueblo está hecha de distancias y cercanías, de ira e irritación que amaestran, y de compasión que acoge, pero antes que nada, está hecha de intercesión ante Dios y de revelación de su Palabra a su pueblo: una canal vacío, transparente, que deja a Dios el clamor de su pueblo, en toda su plenitud y poder, y hace que baje a su pueblo la palabra que sana.

Un canal simple, donde fluye libremente un agua que no es suya. Es un nunca llegar a conocer a fondo si se pertenece al cielo o a la tierra, si exista un lugar en el cielo, una morada en la tierra para él, debido a que el mediador es uno que pertenece enteramente a Dios y uno que pertenece enteramente a su pueblo.

Cualquier persona que conduce una comunidad sabe de esta pobreza y soledad, que con el tiempo se convierten en eficaces lugares de madurez, lugares donde uno se vuelve mejor como seres humanos y como creyentes, lugares de discipulado, lugares de confianza y de entrega, lugares donde perderse para que se tenga vida, la vida de Otro, la vida de los demás. Lugares que se convierten en suyos.

El rocío del cielo

El rocío está en la tierra, pero viene desde el cielo: la fuente del rocío está en el cielo. Es la imagen simbólica de una relación de amor basada en la gratuidad: el rocío siempre cae, signo incondicional y permanente, constantemente y renovado por Dios.

 

Seré como rocío para Israel,

crecerá como un lirio,

tirará sus raíces como un álamo,

Os 14,6

 

El rocío es una señal débil y frágil: se desvanece con el sol de la mañana, sin embargo, hace la tierra fértil. Donde hay rocío, hay vida que puede surgir.

 

El maná es el leem min haššāmāyim, el pan del cielo, el pan gratuito de quien recibe el sustento cotidiano por Dios, de quien no tiene que pensar a su supervivencia con la obra de sus manos. Y que no necesita de una orden para ser otorgado, sino que viene de la gratuidad de Dios. Esto arroja a toda la existencia hacia una dimensión espiritual, hecha de confianza y de abandono, de aceptación y de agradecimiento.

El devorador de maná, el destinatario de este regalo, es el que sabe que se trata de un regalo seguro, cotidiano, suficiente, adecuado al propio gusto, a la propia vida.

Son los pobres, los ptochós, de la bienaventuranza evangélica:

"Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Mt 5,3

Exploremos un poco este icono. En el pensamiento griego los pobres se definen con dos palabras: Pénes y ptochós.

pénes es el pobre que tiene algunos recursos para administrar, tiene algo para ganar dinero con el fin de llegar al final del día, algo que puede utilizar para construir sus días, sus relaciones, algo que lo hace ser.

Es el destino - miserable - de quien está obligado a administrar, a adaptar su tiempo para cumplir con todos los compromisos y estar a la altura de toda responsabilidad, de quien emplea sus pocos recursos para mantener vivas las relaciones frágiles de quien teje diariamente, con esfuerzo, su futuro y el de los que ama, es decir, de quien vive de su trabajo, en todos los campos. Es el esfuerzo doloroso de tener que medir todo para llegar al final del mes para llegar a dar a todos los medios necesarios para vivir en dignidad y en salud.

ptochós traduce el hebreo ānî, el dependiente-de-otro por excelencia. ānî, expresa ante todo una relación y no una condición de necesidad, es el más pequeño en relación con otro que es más grande y está antes que él. Casi siempre está acompañado, casi como para intensificar su significado, de la parte ’eyôn,éānî we’eyôn, los miserables y los pobres, donde ’eyôn,tiene el significado de un mendigo, es decir, uno que es pobre, en cuanto desea; el pobre que desea la vida a partir de otro, con la mano extendida y en espera de la vida. Es el sentido de mendicante en nuestros idiomas modernos.

ptochós por lo tanto expresa, a diferencia de pénes, la absoluta falta de medios, que obliga al pobre a depender de la ayuda de otros.

ptochós es el que necesita de otro

y no tiene por su parte lo necesario para la vida.

Marco Aurelio

El destino de un ptochós es el no tener nada,

el de un pénes es el de tener que vivir con pocos recursos.

Y este último no es el pobre de referencia en la bienaventuranza evangélica.

La pobreza como una bienaventuranza no es administrar lo poco o lo mucho.

Sino es no tener nada que administrar.

Es una total dependencia de la forma,

de la materia,

del pensamiento,

de la palabra,

de la vida,

de otro.

Del Otro.

Es el paso para tratar, más o menos en forma consciente, de poseer el don de nosotros, de poseer el espacio, tiempo, materia, hacia el don gratuito

que comparte sin calcular,

que da sin preparación, sin la construcción del don.

Es amor recibido y no construido.

Y entonces es quien sabe decir: ¡Gracias!

Los pobres de las bienaventuranzas saben que todo lo que tienen para vivir se debe a los demás, al Otro y, por lo tanto, se abren para dar gracias por todas las cosas.

El Maná entonces es la pedagogía de vivir en esta pobreza, hecha de confianza en aquél que se ocupa de nosotros, y que nos dará el pan en su tiempo, el agua necesaria, quien no permitirá que se gasten las sandalias en el viaje, o se desgaste el manto, porque él es el Señor (cfr. Dt 29,4).

El devorador de maná sabe que recibe su vida de otro y acepta esto, viendo el regalo de cada día, dándolo de vuelta en el agradecimiento de todos los días.

¿Qué es esto?

Los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿qué es esto?

Es una pregunta legítima, están ante algo que no conocen y preguntan qué cosa es. Pero esta pregunta tiene un significado más profundo.

De acuerdo con el pensamiento rabínico esta pregunta es explícita de lo que el maná es señal.

"En el verso 'y se dijeron unos a otros:" ¿Qué es esto?', porque no sabían lo que era. Y Moisés les dijo: "Este es el pan, etc.’

Su explicación es que el mismo hecho de que no supieran lo que era, es el pan que el Señor ha mandado. Ya que el objetivo del conocimiento es [reconocer] que no sabemos. Así fueron todas las peregrinaciones de los israelitas en el desierto. 'Tu seguir detrás de mí [en el desierto] en una tierra sin sembrar... "

Sfat Emet

El fruto del amaestrar de Dios a través del maná, es el llevar a su pueblo a saber que no sabe. El no saber lo que es, el no saber si mañana lo tendrá.

El pensamiento rabínico dice que una de las más grandes esclavitudes impresas en Egipto por el pueblo y por Egipto es la del conocimiento, que es la real esclavitud. Un esclavo conoce los tiempos, las raciones diarias, lo que asegura el mínimo, un puesto de trabajo que tiene que producir la cantidad programada de ladrillos con la cantidad específica y predeterminada de material.

La transición de la esclavitud a la libertad es precisamente el hecho de que hay cosas que no sabemos. El sistema de poder de Egipto se cuestiona cuando aparece Moisés en la escena, lo que provocó la reacción del faraón frente a este desequilibrio anunciado: No conozco al Señor (Ex 5,2).

No saber, no reconocer, no entender y por lo tanto encerrarse, en relación con el faraón.

No saber, no entender, sino hacer y escuchar, confiarse, esta es la respuesta del pueblo de Israel.

La constante salida de Egipto es posible cuando, a pesar de lo que sé, entiendo que no sé y luego me abro a una palabra que me hace crecer, me instruye, me ilumina el camino que yo no conozco y que nunca podré encontrar yo solo.

Estar en un éxodo significa salir de lo que pensamos que sabemos, para entrar en lo que todavía no conocemos y ser alimentados por esto y en esto. En esta libertad, la de alguien que no conoce, se abre el corazón para recibir la palabra del Dios vivo y reconocerla como la única capaz de novedad y de vida.

En la Liturgia de las Horas de la Fiesta de San Benito, se dice que Benito salió del mundo con la ignorancia de los que saben demasiado bien, y con la sabiduría de aquellos que no quieren saber. Esto es lo que nutre cada camino de éxodo, lo que le da la forma adecuada a los pasos adoptados y a aquellos que se tienen que adoptar, es incluso lo que sostiene el viaje.

El devorador de maná, entonces, es el que, a pesar de lo que sabe de Dios, todavía es capaz de dejarse sorprender por él, de dejarlo actuar con libertad y amplitud. Es quien no ajusta a Dios a partir de todas las cosas obtenidas por la experiencia adquirida, sino que deja que todas las cosas den una nueva medida de la acción de Dios en su vida.

Esto requiere disponibilidad, pasar de una vida que se mueve alrededor de la olla de la carne, a aquella que puede hacer frente a los espacios del desierto, a los nuevos horizontes de las promesas, del futuro que no se sabe, pero que sabe que es hecho por el Dios que viene.

Muy a menudo en nuestras fraternidades vivimos en torno a las ollas de carne y que nos garantizan la supervivencia, en torno a lo que sabemos y que nos basta, nos oponemos a la acción libre e impredecible de Dios, y es un pseudo sentido común que decimos fruto de la experiencia. Y no nos damos cuenta de que ya no caminamos, y solamente seguimos la frase siempre se ha hecho de esta manera. Es importante que dejemos espacio a la acción de Dios, a su imprevisibilidad, a los gestos y a las palabras que parece no se encajan a nuestros gustos, que talvez tienen el sabor de la diversidad étnica, tal vez, también nosotros nos preguntamos: ¿qué es esto? Porque es legítimo preguntar, pero no tendría que ser la pregunta de quién sospecha disgustado con lo que se desconoce o de quien está listo para oponerse con razones, sino de uno que se pone en condiciones de aprender, de escuchar y de caminar dentro de un camino desconocido que se le otorga para ser mejor, para ser libre, día con día, en la medida adecuada para cada uno.

 

Instrucciones para la oración:

1) El texto del maná es importante para nosotros, ya que es el tejido conjuntivo, la base del discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, en el Evangelio de Juan capítulo 6. Sería importante volver a leerlo a la luz de esta lectio, de la libre iniciativa mediante la cual se ha concedido y de la pobreza de quien lo sabe recibir, de la falta de medida en lo que se nos da y en la consiguiente confianza, y abandono en el acogerlo. Este texto de Juan, es un texto que termina, con la pregunta de Jesús: ¿también vosotros queréis marcharos? Una pregunta que resume todos los intentos de romper con el don de Dios y de la responsabilidad que conlleva, del cambio necesario para saber acogerlo. Y termina con la profesión de fe de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Una profesión que es la de quien no tiene otro alimento, que no tiene nada más que esperar para poder vivir. Permaneced en esta relación tan esencial, tan vital, con el Señor.


2) Es un texto que también marca las relaciones fraternas donde todo es compartir un don recibido, un regalo que es sólo para hoy y no para mañana: Mañana habrá otro. Se nos enseña a vivir hoy y por este hoy.

Enseña la paciencia y la generosidad en el caminar juntos: paciencia en esperar los frutos, la madurez, el crecimiento y la gratuidad, porque todo esto no es evidente, y no está dicho que llegue.

Enseña a apreciar cada palabra del Señor y a confiar en él sin tener que recurrir a formas más conocidas y con más experiencia, más seguras, porque son conocidas.


3) Otra figura donde detenerse a reflexionar es la del mediador. No hay mucho que añadir a lo que ya se dijo en la lectio, pero me gustaría hacer hincapié en que el servicio prestado es un servicio y no un poder: no tenemos el poder de hacer que un cabello sea blanco o negro en la cabeza de otros, como dice el Evangelio, sino que es un servicio que a menudo experimenta una desproporción entre lo que es intolerable y lo que se siembra y se cosecha. Por lo tanto, sólo se puede vivir con gran misericordia, el sentido de nuestras limitaciones y la de los demás, con compasión, generosidad, dispuestos a empezar de nuevo cada vez con un amor nuevo y atento, nunca cansados de apoyar, animar, proponer un camino, seguirlo.

Para el retiro de junio

Algunos grupos se reunirán también para el retiro de junio.

Para este retiro podéis retomar de nuevo esos textos que en este año se dejaron atrás por falta de tiempo y sobre todo los textos de excursos: os señalo el de la oración de Moisés, en la lectio del paso del mar.

Sin embargo, también sería bueno y necesario, que al final de un año de reflexión sobre el éxodo, cada hermana fuese capaz de entregar al grupo su palabra de anuncio. Sin duda, cada una en este recorrido ha encontrado algo que la ha alimentado, no sólo en el momento del retiro, sino también después, una palabra que regresa una y otra vez, una imagen en la que se encuentra identificada, una esperanza que se ha iluminado, algo que no existía antes y después de que la Palabra ha hablado, ha comenzado a existir en su persona, a crecer, a tener un camino personal en su conciencia, en su discipulado.

Entonces, anunciemos a las demás la palabra que somos, con confianza. Anunciémonos el Evangelio en el que nos estamos convirtiendo, cuáles son nuestros pasos de éxodo, cuáles son las palabras que nos mueven a lo largo del camino.

Creo que este es un hermoso regalo que podemos hacernos.

Buen trabajo.